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Recalcular ruta antes que la realidad te obligue

El problema no es que el mundo cambie. Es que cada vez tenemos menos tiempo para darnos cuenta de que ya ha cambiado.

Pantalla de navegación de un coche mostrando una alerta y un tramo de ruta en rojo inmediatamente por delante del vehículo

Hace unas semanas hablaba con un empresario cuya compañía presta servicios a fabricantes del mundo de la moda. En poco tiempo, parte de su volumen de trabajo se ha reducido de forma significativa por el uso creciente de inteligencia artificial. La conversación me dejó pensando en algo que va mucho más allá de ese sector. No es solo que aparezcan nuevas amenazas. Es que cada vez pasa menos tiempo entre el momento en que vemos una amenaza y el momento en que empieza a afectar de verdad a nuestro negocio o a nuestra carrera. Y mientras intentamos adaptarnos a una disrupción, puede aparecer la siguiente.

La velocidad del cambio también cambia

Durante años hemos hablado de transformación, disrupción y necesidad de adaptación. Pero quizá el cambio más importante sea otro: la velocidad a la que tenemos que reaccionar. Sectores que parecían relativamente estables descubren de repente que una tecnología altera sus costes, la forma de producir, la percepción de valor del cliente o incluso la necesidad misma de determinados servicios. Y no hace falta mirar solo a sectores aparentemente vulnerables a la automatización o la digitalización.

Accenture alcanzó su máximo histórico de cotización en febrero de 2025. Hoy cotiza más de un 50% por debajo. Capgemini alcanzó el suyo en marzo de 2024 y también se encuentra más de un 50% por debajo. El mercado no está diciendo que estas compañías vayan a desaparecer. Está descontando que incluso empresas cuya actividad consiste precisamente en ayudar a otros a transformarse pueden ver presionados sus flujos de caja futuros.

Eso debería hacernos reflexionar. Porque si organizaciones con enormes recursos, conocimiento, talento y acceso privilegiado a tendencias estratégicas tienen que repensar continuamente cómo crean valor, parece poco realista asumir que nuestras propias carreras o negocios permanecerán inmunes.

Tendremos que reinventarnos más veces

Durante décadas hemos imaginado nuestra carrera profesional como una carretera relativamente previsible: estudiar, entrar en una empresa, desarrollar experiencia, ascender, consolidarse. Tal vez cambiar una o dos veces de compañía. Podía haber curvas, pero el mapa parecía razonablemente estable.

Creo que estamos entrando en un mundo distinto. Nuestras carreras probablemente serán más largas, porque viviremos y trabajaremos durante más años, pero al mismo tiempo serán menos lineales y menos predecibles.

Por eso quizá la pregunta “¿Dónde me veo dentro de diez años?” empieza a perder utilidad.

Y gana importancia otra:

¿Qué tipo de persona y de profesional necesito ser durante los próximos tres o cinco años?

Una “revisión técnica” de nuestra trayectoria

Los coches pasan una inspección técnica y las calderas se revisan periódicamente. No esperamos necesariamente a que algo se rompa. ¿Por qué no hacer algo parecido con nuestra vida profesional? Una revisión periódica de nuestra trayectoria, no necesariamente para cambiar de trabajo, montar una empresa o reinventarnos por obligación, sino simplemente para comprobar si la dirección que llevamos sigue teniendo sentido.

Esa revisión podría empezar con preguntas como estas: ¿qué quiero preservar durante los próximos años? ¿Cuáles son mis mínimos económicos? ¿Qué nivel de exigencia estoy dispuesto a asumir? ¿Cuánto pesan hoy para mí la libertad, la estabilidad, el aprendizaje, el crecimiento o la calidad de vida? ¿Quién quiero ser profesionalmente en ese contexto? ¿Sigue teniendo valor aquello por lo que hoy me pagan? ¿Seguirá teniendo valor dentro de tres años? ¿Cómo me conecto con el mercado? ¿Cuál es hoy mi propuesta de valor? ¿Qué resultado concreto quiero haber conseguido dentro de uno, dos o tres años? ¿Qué necesito aprender? ¿Qué tengo que dejar de hacer? ¿Y en qué plazos?

Parecen preguntas abstractas.

No lo son.

De sus respuestas pueden depender las capacidades que desarrollamos, las relaciones que cultivamos, los proyectos que aceptamos, las empresas que construimos y, en última instancia, nuestra capacidad de seguir generando ingresos y satisfacción profesional.

El problema de pensar solos sobre nosotros mismos

Podemos hacernos todas estas preguntas sin ayuda. También podemos hablarlas con nuestra familia, nuestros amigos o personas de confianza, y hacerlo tiene mucho valor. Pero existe una dificultad: analizamos nuestro futuro utilizando la misma mente, experiencias, miedos y sesgos que han construido nuestro presente.

Además, quienes nos quieren suelen cumplir una función perfectamente comprensible: tranquilizarnos, decirnos que seguramente todo irá bien, recordarnos nuestras fortalezas o darnos la razón cuando estamos preocupados. Pero a veces lo que necesitamos no es que nos tranquilicen.

Necesitamos que alguien nos ayude a mirar precisamente aquello que preferimos no mirar.

El espacio del coaching

Un buen proceso de coaching no debería decirnos qué hacer. Debería ayudarnos a pensar mejor sobre aquello que tenemos que decidir: cuestionar supuestos, hacer visibles contradicciones, identificar qué estamos evitando, distinguir entre deseos, miedos y hechos y transformar reflexiones difusas en decisiones concretas.

Y, sobre todo, a evitar algo extremadamente humano:

procrastinar decisiones importantes precisamente porque son importantes.

Cuando además necesitamos contrastar esas reflexiones con experiencia, escenarios o conocimientos que todavía no tenemos, el mentoring puede complementar ese proceso. En momentos de transformación, esa combinación puede convertirse en una auténtica ventaja competitiva. No porque alguien pueda predecir el futuro, sino porque puede ayudarnos a prepararnos mejor para un futuro que sabemos que será difícil de predecir.

Recalcular ruta

Cuando conducimos con un navegador y aparece una carretera cortada, un accidente o un atasco, el sistema no insiste en mantener el plan original. Simplemente dice:

“Recalculando ruta.”

Quizá deberíamos acostumbrarnos a hacer algo parecido con nuestras carreras. Porque todo indica que el camino que tenemos delante tendrá más curvas, más frecuentes, más bruscas y, muchas veces, señalizadas más tarde. Nuestra ventaja quizá no esté en intentar anticiparlas todas, sino en desarrollar la disciplina de detenernos periódicamente, observar dónde estamos, revisar nuestras prioridades y decidir conscientemente cuál debería ser nuestro siguiente tramo.

Algunas preguntas para empezar

¿Qué parte de tu carrera o de tu negocio das hoy por segura y podría no serlo dentro de tres años?

¿Qué capacidad que hoy te hace valioso podría convertirse progresivamente en una commodity?

¿Cuáles son los mínimos que no estás dispuesto a sacrificar en tu siguiente etapa?

¿Qué tendrías que aprender —y qué tendrías que dejar de hacer— para seguir siendo relevante?

¿Cuándo fue la última vez que revisaste de verdad hacia dónde te está llevando tu trayectoria?

Y si hoy tuvieras que recalcular ruta, ¿qué cambiarías primero?

José Carlos VillarejoCoach Ejecutivo · Mentor de Carrera · Asesor de Negocio
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