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Pasado, pisado

Una reflexión sobre el pasado, las creencias que construimos a partir de él y nuestra capacidad de actuar hoy.

Huellas sobre la arena mientras una persona continúa caminando

Hay una expresión que aprendí durante los años que viví en Chile y que, por algún motivo, se me quedó grabada: «pasado, pisado».

Siempre me gustó esa manera tan sencilla de decir que lo que ocurrió ya no podemos cambiarlo y que, por mucho que le demos vueltas, el pasado seguirá estando donde está. Aunque con los años he ido descubriendo que dejarlo atrás no siempre resulta tan fácil como parece.

Todos acumulamos experiencias que, de una manera u otra, nos han marcado. Decisiones de las que nos arrepentimos, oportunidades que dejamos escapar, proyectos que no salieron como esperábamos o situaciones en las que sentimos que no estuvimos a la altura. Algunas las recordamos de vez en cuando, mientras que otras siguen acompañándonos muchos años después.

Y no necesariamente porque lo que ocurrió fuese especialmente grave, sino por las conclusiones que sacamos sobre nosotros mismos a partir de aquella experiencia.

Imaginemos a alguien que, en un momento de su carrera, asumió una responsabilidad importante y las cosas no salieron bien. Quizá le faltaba experiencia, quizá no era el momento adecuado o simplemente se dieron circunstancias que escapaban a su control. Sin embargo, de aquella situación pudo sacar una conclusión mucho más amplia: «No valgo para...».

Con el tiempo, esa conclusión puede convertirse en una creencia tan arraigada que deje incluso de cuestionársela. Y años después, cuando aparece una nueva oportunidad profesional, puede que ni siquiera se plantee aceptarla. No porque hoy no tenga las capacidades necesarias, sino porque sigue mirando sus posibilidades actuales a través de lo que ocurrió entonces.

Lo curioso es que a veces ni siquiera somos conscientes de que estamos tomando decisiones condicionadas por esas creencias. Las hemos incorporado de tal manera a nuestra forma de vernos que las confundimos con hechos. «Yo soy así», «esto no se me da bien», «ya lo intenté una vez»... Expresiones aparentemente inocentes que pueden estar cerrándonos puertas antes incluso de que nos planteemos abrirlas.

Es algo que identifiqué en mí mismo cuando fui coachee hace muchos años y que hoy reconozco en muchas de las personas a las que acompaño como coach.

Una de las cosas que más me interesan del coaching es precisamente la posibilidad de acompañar a alguien a descubrir esas creencias que lleva años dando por ciertas. No para convencerle de que está equivocado ni para decirle cómo debería pensar, sino para ayudarle a observarlas desde otra perspectiva y preguntarse si realmente siguen teniendo sentido.

Porque una cosa es reconocer que algo salió mal y aprender de ello, y otra muy distinta es asumir que, porque ocurrió una vez, necesariamente volverá a suceder. Entre ambas hay una distancia enorme, aunque muchas veces no nos demos cuenta.

Y hay otra distinción que considero igualmente importante: separar aquello que ya está fuera de nuestro control de aquello sobre lo que todavía podemos actuar.

No podemos cambiar lo que ocurrió, por mucho que nos hubiera gustado que las cosas fueran diferentes. Pero sí podemos revisar cómo lo interpretamos, cuestionar las conclusiones que seguimos arrastrando y decidir qué queremos hacer a partir de ahora. A veces dedicamos tanta energía a darle vueltas a lo que ya no tiene remedio que nos queda muy poca para ocuparnos de lo que todavía está en nuestras manos.

Creo que ahí está una de las grandes oportunidades que ofrece tomar conciencia de nuestras propias creencias: recuperar la posibilidad de elegir cómo queremos actuar hoy, sin que las conclusiones que sacamos ayer decidan automáticamente por nosotros.

Por supuesto que el pasado importa. Nuestra experiencia es una fuente extraordinaria de aprendizaje y sería absurdo pretender desprendernos de ella. Además, hay acontecimientos cuyas consecuencias permanecen y experiencias que necesitan su tiempo para ser comprendidas y aceptadas. No todo se resuelve pasando página.

Pero quizá deberíamos preguntarnos de vez en cuando cuánto de lo que creemos saber sobre nosotros mismos responde a quienes somos hoy y cuánto procede de una interpretación que hicimos hace años, en unas circunstancias que probablemente ya no existen.

A mí esa pregunta me parece especialmente valiosa, porque nos invita a revisar algo que solemos dar por sentado: que conocernos bien significa tener muy claro lo que somos capaces o incapaces de hacer. Y quizá conocernos también debería implicar estar dispuestos a cuestionar algunas de esas certezas.

Pasado, pisado no significa pasado olvidado.

Significa pasado comprendido, aprendido y colocado en el lugar que le corresponde.

Porque nuestro pasado puede ayudarnos a entender quiénes somos, pero no debería decidir por nosotros quién podemos llegar a ser.

José Carlos VillarejoCoach Ejecutivo · Mentor de Carrera · Asesor de Negocio
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