No recuerdo especialmente aquella conferencia. Ni siquiera recuerdo quién hablaba en ese momento. Probablemente había salido de trabajar, estaría cansado y tendría unas cuantas razones bastante buenas para haberme ido directamente a casa. Pero fui. Y en algún momento apareció en la pantalla una imagen que me hizo sacar el móvil y hacerle una foto.
Hoy comparto aquella misma imagen. Mostraba dos maneras muy diferentes de representar nuestra vida. En el modelo tradicional todo parecía bastante ordenado: nos formábamos durante los primeros años, trabajábamos durante unas décadas y, llegado un momento, nos jubilábamos. En el nuevo modelo las fronteras se desdibujaban. Viviríamos más, nuestras carreras serían más largas, necesitaríamos volver a formarnos varias veces a lo largo de ellas y trabajo, aprendizaje y ocio empezarían a convivir de una manera mucho menos lineal. Incluso la jubilación dejaba de ser ese corte brusco entre trabajar y no trabajar para convertirse en una transición más gradual, una especie de soft landing.
No sé exactamente por qué, pero aquella imagen me impactó. Quizá porque ponía delante de mí, de una forma muy sencilla, algo que de alguna manera ya intuía. Le hice una foto y quedó guardada en mi teléfono.
Unos meses después llegó 2020 y llegó la pandemia. De repente tuvimos mucho más tiempo para pensar, o al menos yo lo tuve. Y aquella imagen empezó a resonarme todavía más. Si realmente íbamos a vivir más, si nuestra vida profesional iba a ser más larga y si el mundo iba a cambiar varias veces durante ella, quizá no tenía demasiado sentido seguir organizándola como si todavía existieran tres etapas perfectamente separadas: primero aprender, después trabajar y finalmente vivir.
Entenderlo era relativamente fácil. Hacer algo al respecto resultó bastante más difícil.
Durante los años siguientes intenté ir moviendo algunas piezas. Seguir formándome de verdad, no solo cuando lo exigiera el trabajo. Dar más espacio a experiencias que me interesaban aunque no tuvieran una rentabilidad profesional inmediata. Proteger mejor mi tiempo. Preguntarme de vez en cuando si estaba dedicando mi energía a aquello a lo que realmente quería dedicársela. Y también empezar a imaginar una segunda o tercera parte de mi carrera profesional que no tenía por qué parecerse necesariamente a las anteriores.
No fue un cambio de un día para otro. Ni mucho menos. Cuando llevas muchos años funcionando de una determinada manera, la inercia pesa. El trabajo siempre tiene algo urgente que ofrecerte. Siempre hay una responsabilidad más que asumir, un problema que resolver o una oportunidad que parece que no puedes dejar pasar. Rebajar conscientemente el espacio que ocupa para dejar entrar otras cosas es bastante más difícil de lo que parece cuando lo dibujas en una gráfica.
Hace unas semanas, ya en 2026, volví a encontrar aquella foto de noviembre de 2019. Esta vez quise saber de dónde había salido realmente y empecé a tirar del hilo. Acabé llegando al trabajo de Laura L. Carstensen y el Stanford Center on Longevity. Ya en 2014 Carstensen hablaba de la necesidad de nuevas formas de entender el trabajo y la educación ante vidas cada vez más largas. Años después, Stanford desarrollaría estas ideas en su iniciativa The New Map of Life: aprender durante toda la vida, trabajar durante más años pero con mayor flexibilidad y sustituir una trayectoria vital rígida por otra con más transiciones, entradas, salidas y cambios de dirección.
Y quizá por eso últimamente me fijo especialmente en personas que están hacia la mitad de su carrera profesional. Muchas intuyen que necesitan construir un equilibrio diferente entre el trabajo que hacen hoy, el aprendizaje que necesitará su “yo” de mañana y el tiempo que quieren dedicar a disfrutar de su vida. El problema es que intentar rediseñar ese equilibrio desde dentro de la vorágine del modelo antiguo —y muchas veces desde un trabajo tremendamente exigente— no es fácil. Falta tiempo, pero sobre todo falta distancia para hacerse las preguntas adecuadas. Creo que ahí un proceso de coaching puede tener mucho valor: crear ese espacio para parar y mirarse desde otra perspectiva, cuestionar algunas creencias que quizá llevan años condicionando nuestras decisiones y ganar consciencia sobre qué queremos mantener y qué queremos cambiar. No para que alguien nos diga cuál es el nuevo equilibrio correcto, sino para construir con mayor claridad nuestra propia hoja de ruta.
No sé si aquel modelo acertará exactamente en cómo viviremos dentro de veinte o treinta años. Probablemente no. Los investigadores que intentan anticipar el futuro tampoco tienen una bola de cristal. Pero cada vez estoy más convencido de dos cosas.
La primera es la importancia de exponernos a lo que está fuera de nuestro mapa mental. Ir a una conferencia aunque ese día estemos cansados. Leer algo que no tenga una aplicación inmediata. Escuchar a alguien que está investigando cómo podría ser el mundo dentro de veinte años. Los modelos de futuro no necesitan acertar al cien por cien para ser útiles. A veces basta con que una idea nos resuene, cuestione alguna de nuestras certezas y nos ayude a readaptar, pivotar o rediseñar lo que estamos haciendo hoy.
La segunda es que, siete años después de hacer aquella foto, creo que parte de ese nuevo modelo ya está aquí. Para muchas personas entre los 30 y los 55, dedicar prácticamente toda la energía al trabajo ya no parece ni deseable ni sostenible. Por un lado, tendremos que reservar tiempo para aprender, actualizarnos y probablemente reinventarnos varias veces si queremos seguir siendo relevantes en carreras cada vez más largas y sometidas a más cambios. Por otro, creo que demandaremos más flexibilidad y pondremos más límites al trabajo porque también queremos disfrutar de nuestros intereses, nuestras relaciones y nuestra vida mientras esa carrera sucede, y no únicamente cuando termine.
Y entre los 55 y los 70 aparece otro reto que me parece incluso más interesante: cómo seguir creando valor cuando muchas estructuras corporativas probablemente no ofrecerán espacio suficiente a toda esa experiencia y, al mismo tiempo, quizá nosotros tampoco queramos —o podamos— mantener durante quince años más el mismo nivel de intensidad que habíamos asumido hasta entonces. Ahí tendremos que inventar nuevas combinaciones de trabajo, conocimiento, mentoring, proyectos, aprendizaje y tiempo personal. Quizá ese soft landing que vi dibujado en 2019 no sea tanto una jubilación progresiva como una forma diferente de seguir aportando valor.
Aquella noche de noviembre de 2019 seguramente habría estado más cómodo yéndome directamente a casa después del trabajo. Menos mal que fui a aquella conferencia.
Y tú, ¿dedicas tiempo y energía a que entren conceptos nuevos en tu mapa mental?
¿En qué punto de la curva estás y cómo estás protegiendo el aprendizaje y el ocio para que tu futuro sea sostenible y pleno, personal y profesionalmente?
¿Tienes razonablemente claro cómo quieres que sea tu “yo” dentro de cinco años?
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