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De la silla del coachee a la del coach

Dos sillones modernos enfrentados en un espacio luminoso y sereno de coaching

A finales de 2010 me encontraba en una situación difícil de explicar porque, en apariencia, no pasaba nada especialmente grave. Estaba cómodo. Tenía una carrera sólida, responsabilidad, experiencia y una vida profesional razonablemente estable. Pero, precisamente por eso, había algo que empezaba a incomodarme.

No tenía grandes desafíos por delante. No sabía cuál podía ser mi siguiente salto. Y, sobre todo, había una sensación de bloqueo que no me gustaba nada.

Me sentía perdido.

No quería verme exactamente igual dos años después, pero tampoco tenía claro qué quería cambiar. Y las opciones que se me ocurrían me parecían demasiado lejanas o no sabía cómo llegar hasta ellas.

Ese bloqueo me llevó a hablar con algunos amigos que ya habían hecho procesos de coaching. Empecé a investigar qué era exactamente, qué podía esperar de un proceso así y qué tipo de coach podía encajar conmigo. Hice un filtro, me entrevisté personalmente con cuatro profesionales, analicé la inversión que suponía y finalmente decidí lanzarme.

La experiencia fue mucho más reveladora de lo que esperaba.

A veces pienso que se parece a ese momento en la peluquería en el que te ponen un espejo de mano detrás de la cabeza y, de repente, te ves desde un ángulo desde el que nunca te habías visto.

No necesariamente descubres algo completamente nuevo. Lo sorprendente es darte cuenta de que aquello siempre estuvo ahí y tú simplemente no lo estabas mirando.

¿Por qué no he probado esto antes? ¿Por qué sigo haciendo aquello si ya no me funciona? ¿Por qué sigo reforzando determinados juicios cuando me hablo a mí mismo si no existen hechos objetivos que los sostengan?

Cambiar la perspectiva cambió las preguntas. Y cambiar las preguntas empezó a cambiar también las decisiones.

Hubo un retorno muy claro de aquella inversión, no solo profesionalmente. Se produjo un cambio profundo en la forma en que entendía algunas de mis propias limitaciones, mis decisiones y mi responsabilidad sobre lo que quería construir. Lo importante es que no fue un efecto pasajero. Muchas de aquellas conversaciones siguieron acompañándome años después.

En 2014 aparecieron otros desafíos. Eran diferentes, pero volví a encontrarme con algo que ya conocía: esa sensación de que había piezas que no terminaban de encajar. Algunas ni siquiera sabía definirlas bien, pero estaban ahí, condicionando silenciosamente decisiones, prioridades y comportamientos.

Volví a recurrir al coaching.

Y volví a comprobar que a veces aquello que más nos afecta no es precisamente lo que mejor sabemos explicar.

Desde entonces empecé a interesarme cada vez más por esta disciplina. Hice también formación como leader coach, algo que conviene diferenciar del trabajo de un coach profesional. Un líder que utiliza habilidades de coaching sigue teniendo responsabilidad sobre el negocio, las personas, los resultados y muchas veces también una opinión sobre cuál debería ser el camino. El coach, en cambio, crea un espacio diferente: no dirige hacia su solución, sino que ayuda a la otra persona a pensar con más claridad, ampliar perspectiva y encontrar sus propias respuestas.

Durante años fui incorporando parte de esa mirada a mi forma de liderar.

Pero en 2024 apareció una idea distinta.

Pensé que algún día quería cambiar de silla.

Pasar de haber vivido el coaching desde la silla del coachee, y de haber utilizado algunas de sus herramientas como líder, a sentarme conscientemente en la silla del coach.

No sabía cuándo ocurriría. Ni siquiera tenía un plan concreto para convertirlo en una actividad profesional. Pero sí sabía por qué quería hacerlo.

Porque hay algo profundamente humano en acompañar a otra persona en un momento que puede ser importante en su vida. Estar presente cuando alguien ve algo que llevaba mucho tiempo sin ver. Hacer una pregunta que cambia la dirección de una conversación. Crear un espacio en el que una persona puede pensar sin tener que defenderse, demostrar nada o responder a las expectativas de otros.

Me atraía la idea de tocar muchas vidas en momentos concretos. De contribuir. De dar generosamente aquello que uno ha ido aprendiendo. De dejar conversaciones que quizá alguien recuerde años después.

Conversaciones memorables.

Por eso decidí formarme de manera rigurosa. Busqué un programa acreditado por la International Coaching Federation (ICF) y, además, quería que fuese presencial. Para mí había algo importante en aprender esta disciplina estando físicamente frente a otras personas, observando silencios, gestos, dudas y todo aquello que ocurre en una conversación y que no siempre cabe en las palabras.

La vida tiene una manera curiosa de ir colocando puertas delante de nosotros.

Durante mucho tiempo puedes verlas sin saber si son para ti. Después empiezan a aparecer señales. Experiencias anteriores cobran un sentido distinto. Y llega un momento en que la vida te pone la puerta enfrente, abierta de par en par, con el camino iluminado… y simplemente das el paso.

Hoy puedo mirar hacia atrás y conectar muchas cosas que, cuando ocurrieron, parecían independientes: aquel primer proceso en 2010, los desafíos de 2014, años liderando personas, mi interés creciente por el coaching, la formación y la decisión de cambiar de silla.

Más de quince años después de sentarme por primera vez como coachee, puedo poner todo aquello que he ido aprendiendo y experimentando al servicio de otras personas.

Y quizá eso sea, para mí, lo más bonito de haber cambiado de silla:

haber descubierto primero el valor de una buena conversación en mi propia vida y tener ahora la oportunidad de crear ese espacio para los demás.

José Carlos VillarejoCoach Ejecutivo · Mentor de Carrera · Asesor de Negocio
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