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‘Confío en el proceso’. Pero ¿de quién es el proceso?

Confiar en el proceso puede ser lo que queda después de haberte preparado o una excusa eufemística para hacerse a un lado sin sentirse culpable.

Hombre de mediana edad al timón de una embarcación, navegando entre distintos niveles de niebla hacia una isla

Hay frases que pueden sonar exactamente igual y esconder posiciones completamente distintas frente a la vida.

“Confío en el proceso” es una de ellas.

La he escuchado recientemente en dos conversaciones diferentes. En una, me sonó casi como una renuncia. Lo que sentí que había debajo fue: “No sé muy bien qué hacer, tampoco tengo demasiadas ganas de atravesar esta transición incómoda… así que ya veremos qué pasa”.

En la otra interpreté algo completamente distinto. Sin que mi interlocutor lo dijera explícitamente, sentí algo muy distinto por debajo: “He trabajado esto. Hay incertidumbres y seguramente no saldrá todo como quiero. Pero sé por experiencia que, si mantengo la constancia, aplico criterio y sigo ajustando, aumentaré mucho las posibilidades de conseguir mi objetivo”.

Misma frase.

Dos posiciones casi opuestas.

Y eso me llevó a una pregunta que apareció también en una sesión de coaching:

Cuando digo que confío en el proceso, ¿cuánto dueño soy realmente de ese proceso?

Porque “el proceso” puede convertirse fácilmente en algo externo. Una especie de mecanismo al que entregamos la responsabilidad. Si sale bien, perfecto. Y si sale mal, siempre podremos decir que hicimos lo que tocaba y que, sencillamente, el proceso no funcionó.

Pero también podemos entenderlo de otra manera.

Puedo confiar en un proceso porque lo he construido conscientemente. Porque sé qué parte depende de mí, qué capacidades estoy poniendo en juego, qué decisiones estoy dispuesto a revisar y qué esfuerzo voy a sostener. Porque observo lo que ocurre, aprendo y corrijo.

Ahí, confiar en el proceso no significa apartarse de él. Significa sentirse dueño de él.

Y ser dueño no significa controlarlo todo. En muchos procesos importantes hay variables externas que nunca estarán en nuestras manos: una contratación, una venta, una promoción, una inversión o una transición profesional.

La cuestión es otra: ¿qué porcentaje del proceso estoy dispuesto a asumir como mío?

Puedo no controlar si alguien me contrata, pero sí la calidad de mi preparación, las conversaciones que genero, las personas a las que me acerco, las capacidades que desarrollo y el número de veces que lo intento.

Puedo no controlar cuándo aparece una oportunidad, pero sí cuánto estoy haciendo para estar preparado cuando aparezca.

Puedo no controlar el resultado, pero sí mi constancia, mi aprendizaje, mi capacidad para pedir ayuda y mi disposición para atravesar la incomodidad que suele acompañar a cualquier transición real.

Desde la mirada del coaching ontológico de Rafael Echeverría, nuestros juicios condicionan las posibilidades que somos capaces de observar y las acciones que terminamos emprendiendo. Un quiebre puede dejarnos atrapados en la explicación de por qué algo ocurre o abrir una conversación distinta: ¿qué acción puedo generar ahora?

Quizá por eso distinguiría entre dos maneras de decir “confío en el proceso”.

Una sería:

“Confío en que algo sucederá.”

La otra:

“Confío en un proceso del que me siento responsable, porque estoy dispuesto a hacer mi parte, observar qué ocurre y modificar lo que no funciona.”

La segunda tampoco garantiza el resultado. Pero cambia completamente nuestra posición frente a él.

Porque la confianza no debería servir para desprendernos de responsabilidad. Debería permitirnos sostener el esfuerzo incluso cuando todavía no vemos el resultado.

Y quizá la pregunta más útil no sea únicamente si confiamos en el proceso.

¿Cuánto dueño soy del proceso en el que digo confiar?

Y una todavía más incómoda:

¿Estoy confiando en el proceso… o estoy esperando que el proceso haga por mí lo que todavía no estoy dispuesto a hacer?

José Carlos VillarejoCoach Ejecutivo · Mentor de Carrera · Asesor de Negocio
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